El peso de las Nubes

Siempre me ha encantado mirar al cielo, las nubes con sus formas y colores me transportan a esas historias de Disney donde podías volar y soñar con mundos fantásticos, magia, hadas y dulces. ¿Se han puesto a detallar el cielo? ¿Tienen la impresión de que estamos como en una especie de burbuja, una bóveda en donde estamos encerrados? Un poco de ansiedad me ha generado este pensamiento, pero a la vez, me he sentido protegida. Indudablemente nuestro planeta y el Universo son perfectos.

En estos días con los ojos puestos en el cielo, como de costumbre, pensé en cuánto deberían pesar las nubes. Así que mi lógica llegó a la conclusión que las nubes grises pesan más y que las que parecen una pincelada débil de Dios, no pesan casi nada. Así que investigué para salir de dudas.

Además del peso de las nubes ¿Sabían que las nubes tienen una clasificación? El farmacéutico y apasionado por la meteorología Luke Howard (1772-1864) decidió asignarles una categoría dependiendo de su constitución. Así tenemos las llamadas cúmulos que son las que parecen algodón y tienen bordes definidos; están los estratos que son las que forman capas, los cirros que tienen filamentos delgados y largos y los nimbos que son las nubes grises, cada una de ellas con sus pesos específicos.

Para calcular el peso, es necesario conocer la densidad y volumen de la nube y esto nos daría la cantidad de agua que tiene y por lo tanto, su peso. De esta forma una nube que parece algodón con bordes definidos podría muy bien pesar 500 toneladas. Así que las nubes grises no serían las únicas.

Nuestra vida es como las nubes, a veces vemos a la gente feliz pero en su interior no sabemos que tantas lágrimas esconden. Por el contrario, las nubes grises no siempre reflejan una vida cargada de dolor y sufrimiento. Lo que si es seguro es que la vida, al igual que las nubes, están en constante movimiento, somos todos energía que se transforma y lo maravilloso de esto, es que podemos decidir no permanecer mucho tiempo en una nube gris, podemos expandirnos, desahogarnos, modificar nuestros pensamientos y volver a soñar volando en una nube de algodón con un unicornio y una caja de chocolates.

Seamos lo que deseamos ser.

Sin poder evitarlo

¿A quién no le gustaría vivir sin problemas? Obviamente a ninguno. Pero ¿Se han preguntado qué pasaría si estas situaciones que no nos gustan desaparecieran todas? ¿Seríamos más felices? ¿O más bien nos aburriríamos infinitamente?

Cuando tienen un trabajo rutinario ¿Cómo se sienten? ¿Qué pasa en tu cerebro cuando la vida te presenta un imprevisto? La adrenalina, el estrés, la preocupación, ansiedad, rabia y hasta el entusiasmo de un nuevo reto pueden aparecer, dependiendo del lente con el que estés mirando la situación. La experiencia (buenas o malas) o lo novedoso afectarán tu autoestima y el resultado será favorable o no dependiendo de tu “reacción”.

Si lográsemos ver cada situación fuera de las emociones que nos generan, probablemente tomaríamos otras decisiones. Ver un problema como una circunstancia temporal, donde no tenemos siempre el control, nos obligaría a confiar más en nosotros mismos.

Cuando nos dicen “Todo pasa por algo”, creo firmemente que es así. Aceptar lo que está sucediendo nos aparta de la resistencia, nos ayuda a evaluar desde distintos puntos de vista e incluso a pedir ayuda. Muchas veces nos hemos empecinado en que podemos solos y nos damos golpes contra un muro hasta que no queda de otra sino aceptar que por allí no va la cosa. Es nuestra necesidad imperante de sentirnos autosuficientes y por supuesto, inteligentes. Nada más lejos de la realidad.

Para mí, los problemas vienen a recordarnos que tenemos habilidades por descubrir. Como todos, he sentido la necesidad de creerme invencible o simplemente me he quejado de lo injusta que es la vida, pero todo lo que no nos gusta del exterior, viene a mostrarnos algún aspecto de nosotros que no nos gusta. La solución: aceptarlos y volver a nuestro interior que sabe que podemos aprender y tener una vida llena de merecimientos. Las soluciones están, solo hay que tomar decisiones y actuar. Y en ocasiones, no hacer nada, también es una solución.

¿Podemos evitar que aparezcan los problemas? No. ¿Podemos superar nuestras limitaciones? Sí ¿Qué debemos hacer? Aceptar la realidad, silenciar nuestra mente, conectar con nuestro ser interior, descubrir lo que queremos y buscar la solución mejor para nosotros y si están involucradas otras personas, lograr el bien común. Porque al final, nuestras acciones repercuten en la vida de nuestro entorno, y sentirnos tranquilos y felices, sin duda alguna, impactará positivamente en nuestras relaciones. Es un trabajo de todos los días. Un reto a superar.

Seamos lo que deseamos ser.

Turista de a ratos

Viviendo en una isla llena de cámaras fotográficas que te hacen jugar al stop, pan relleno con chorizo, helados chorreándose en verano y olor a carne con papas fritas cuando estás haciendo una caminata para mantenerte en forma, me he dado cuenta que a veces me integro en sus paseos y me anima a ver los espacios desde otra perspectiva. Y si tengo suerte, me confunden con uno de ellos para ofrecerme paseos.

Nuestra vida puede ser un eterno viaje si nos animamos a turistear de vez en cuando. Cambiar la ruta, ver otra gente, descubrir nuevas fachadas, gatos que conviven con perros (a veces dentro de la misma familia) y hasta nuevas formas de ver la vida cuando te topas con personas discutiendo sobre un tema de tu interés. Y es que la vida nos puede sorprender como la caja de bombones de Forrest Gump, eso sí, si me toca uno con menta, créanme que no me lo voy a comer.

Si han viajado, o al menos salido de su ciudad por un par de días, descubrirán tesoros que los llenarán de esperanza, pero más allá de lo que está fuera de nosotros, nos redescubrimos sintiendo un nuevo aire, una brisa fresca y dulce que nos acaricia la cara, nos hace sentir renovados y con ganas de comernos la vida en modo apresurado para que no se derritan nuestros sueños y ya no los podamos saborear.

Cuando el turismo es la fuente mayor generadora de ingresos, es imposible no toparse en el camino con estas personas a quienes muchas veces no les entiendes nada, o sea, la maestra de Snoopy que creo que nadie la ha comprendido nunca. He parado muchas veces la oreja tratando de adivinar el idioma, pero si no es inglés, francés, alemán, castellano o italiano, si acaso podría reconocer el ruso pero la verdad, prefiero imaginar lo que estarían diciendo por su lenguaje corporal (aunque algunas culturas tienen expresiones que podrían confundirme y pensar que simplemente tienen una discusión acalorada). Diversión y curiosidad en cada calle que es nuestra vida.

Y entonces me quedo reflexionando que sería interesante y hasta saludable, convertirnos en turistas de a ratos, ver nuestra vida desde otro punto de vista, con otros lentes, una ropa más cómoda, unos pasos más ligeros, un sombrero grande y una cámara fotográfica con un objetivo tan grande que pudiéramos ver más allá del horizonte.

Encontremos un nuevo mapa, trazemos con colores nuevos caminos, comamos un helado cuando llueva, usemos un sombrero grande y una camisa que diga Estoy vivo y feliz y salgamos a caminar a lo loco y sin importar lo que digan los demás.

¡Simplemente vivamos!

Yo como con los ojos ¿Y tú?

A la mayoría nos encanta comer y no pongo en duda que lo que más nos gusta a muchos es la comida que hace más daño pero que en un gran porcentaje, es la más sabrosa.

Somos muy visuales en varios asuntos: el físico de la gente, la moda, la comida, el estatus social y quedamos encantados, enamorados, entusiasmados y en ocasiones llenos de envidia al no poseer lo lindo, atractivo, brillante y tantos otros calificativos que no nos llevan más allá de un instante, porque al final siempre comprobamos que la apariencia no lo es todo.

La comida no escapa a esto. Comemos sin hambre por puro antojo, porque se ve apetitoso y tiene una presentación que te dice:  ¡Cómeme! y eso nos pasa frecuentemente.

En nuestra sociedad todo gira en torno a la comida: logros de cualquier tipo, relaciones que se terminan, aburrimiento, rabia… Todo termina en un dulce, en un trago, en un almuerzo o cena copiosa, en soledad o acompañados, la comida y la bebida son las recompensas o paliativos que tenemos a la mano, para prolongar u olvidar una situación en particular.

No hay duda que comer es maravilloso, que hay una inmensa variedad de platos con presentaciones espectaculares que degustamos con gran placer en muchas ocasiones. No está mal. El problema surge cuando le damos a la comida el poder para solventar problemas que tienen que ser resueltos con nuestro Ser y no con nuestro estómago.

Estamos conscientes de que esto nos pasa a la mayoría. Estrés, ansiedad, frustración, entusiasmo, euforia, enojo y otras tantas emociones que nos lleva a cometer excesos. La tristeza y la depresión por su parte, nos coloca en el otro extremo: pérdida del apetito. En cualquiera de las dos situaciones, no estamos siendo respetuosos con nuestro cuerpo y esto es solo una consecuencia del Amor que no nos tenemos a nosotros mismos, si fuera así, nuestra alimentación sería más consciente y por tanto, más sana.

Lo recomendable sería aceptar nuestras emociones con valentía sin importar lo que la sociedad, la familia y los amigos nos han hecho creer a lo largo de nuestras vidas: que debemos ser Fuertes en todo momento. Somos seres humanos, no piedras (y aún así la piedra se transforma con los años). Tenemos una gran capacidad para comprender a los demás pero continuamente nos damos con el látigo de la crítica cuando nos mostramos “débiles”. Creo que el término débil debería solo ser usado para lo material y no para nosotros los seres humanos.

Una alimentación saludable en base a nuestro estilo de vida y los requerimientos de nuestro organismo debería ser un objetivo a corto plazo, pero para lograrlo debemos comenzar a conocernos mejor, aprender a aceptarnos, aprender a manejar las emociones, perdonarnos y darle a la comida (y bebida) su justo valor. No quiero decir que no nos podamos darnos esos gustos culinarios de vez en cuando, pero la prioridad debe ser siempre la salud. Tampoco irse al otro extremo y no comer absolutamente nada esos platos o dulces maravillosos porque hay que ser Fitness. Ningún extremo es bueno. Lo sabemos muy bien pero continuamente nos hacemos los locos porque es más fácil comer y tener un poco de felicidad, que ponernos serios en nuestro crecimiento personal.

Un día a la vez parece cliché, pero realmente es así. Hay días mejores que otros, pero si nos tomamos en serio nuestra evolución, nos daremos cuenta de que ante situaciones similares, nuestras respuestas han cambiado, o al menos, la frecuencia del automaltrato ha disminuido.

Que los ojos nos sirvan para apreciar y no para compararnos. Que la comida sea un disfrute y no la solución temporal a un problema y como siempre, atrevámonos a Ser quienes realmente somos.

Una competencia inocente

Sin darnos cuenta desde pequeños vivimos en una competencia.

Ganar en los juegos, por más inocentes que sean, forma parte de nuestro crecimiento. Aunque nuestros padres e incluso nuestros amiguitos nos hayan consolado porque hemos perdido, no nos preparan para ser adultos con inteligencia emocional. No deberíamos culpar a nuestros padres porque ellos también son el resultado de su propia historia familiar. Aun así vamos por la vida echándole la culpa a los demás. Y en parte es muy razonable pues vivimos en un mundo donde el más competente, el que gana, es el mejor de la especie.

¿Y dónde está la felicidad? ¿Disfrutar lo que hacemos? ¿Compartir? ¿Cooperar?

La felicidad también se convirtió en una competencia. Inhumana diría yo. Los criterios de comparación, aunque muy variados, nos llevan casi todos a la abundancia económica. Hay que estudiar una “carrera” donde ganemos mucho dinero, o al menos que no nos deje pasando hambre. Y así muchos llegan a la adultez muy infelices. Graduarse en profesiones que aparentemente generan más dinero que otras, no es garantía de nada. Es como creer hoy en día que tener excelentes notas en la universidad, es sinónimo de ser un excelente profesional. Bien alejado de la realidad.

Vovlviendo a la infancia, ciertamente nos hemos divertimos. Hoy en día, la tecnología por un lado ha aislado a los niños y no tan niños de la realidad concreta, del contacto cara a cara para transformar los días en una competencia obsesiva por ganar en los videojuegos. Por otra parte, los ha acercado a otras personas del otro lado del mundo, eliminando fronteras y creando otras, la del contacto personal donde se aprende a leer el lenguaje corporal y traducir las emociones de una manera más fiable.

Sin ser responsables de nuestra infancia aprendemos a competir. La sociedad lo va reforzando a lo largo de nuestras vidas y sin querer queriendo, adoptamos ese patrón hasta que alguna circunstancia nos hace mirar hacia nuestro interior y nos preguntamos si realmente vale la pena competir en vez de evolucionar internamente y hallar la felicidad con más frecuencia eliminando o al menos reduciendo el impacto, de esa competencia atroz en la que vivimos permanentemente.

Ganar no está mal. Lo errado, en mi opinión, es dejar que el triunfo esté siempre fuera de nosotros.

¡No somos nadie!

Claro que somos alguien, de eso no hay duda. Valioso/a por cierto. Pero ¿por qué digo que no somos nadie? Porque no somos quienes para estar decidiendo sobre la vida de los demás.

En nuestra necesidad de controlar la vida de los demás para sentirnos seguros, fuertes, inteligentes y evitar a toda costa los imprevistos y sufrimientos, nos damos a la tarea de opinar (aunque no nos hayan pedido nuestra opinión), recomendar, tomar decisiones, insistir, presionar y hasta hacer seguimiento a nuestra familia, amigos y a veces hasta desconocidos. A menos que seamos unos niños donde muchas decisiones deben ser tomadas por los padres, y aún así el hijo debe tener su propia opinión, la verdad es que no somos nadie para intervenir en sus vidas.

Si hacemos consciencia de quiénes somos, de lo que queremos, de cuáles son nuestras necesidades y deseos, llegamos a la conclusión que estamos perdidos, confundidos. No estamos seguros cómo definirnos, si lo que estamos haciendo es lo correcto, si nacimos para eso (algunos sí lo saben) y otras interrogantes que quedan sin responder por muchos años. Ante este panorama, creo prudente preguntarnos ¿Quién soy yo para sugerir y/o exigir respuestas, comportamientos o actitudes a otras personas? Si yo ni me entiendo a veces, con qué moral voy a pretender que otra persona haga lo que yo digo.

¿No les parece que es una gran responsabilidad decidir sobre la vida de los demás?

Me parece que es una mejor idea ser responsables de nuestra propia vida. Con esto no quiero decir que dejemos de ser empáticos, sensibles pero sí estar conscientes de que no podemos opinar o sugerir sin remitirnos a nuestra propia experiencia, a nuestra memoria que está cargada de emociones e interpretaciones y olvidos, de estereotipos, creencias, valores y patrones que no coinciden al 100% con quienes queremos ayudar.

Y si nos vamos al proceso tan obvio de escuchar, no lo hacemos limpiamente, porque muchas veces solo estamos pendientes de dar la respuesta que ya tenemos preparada y que según nosotros, es la mejor, Una total locura.

Seamos seres completos e íntegros, regalemos al mundo lo mejor de nosotros, hagamos el esfuerzo de escuchar sin criticar y aprendamos a hacer silencio cuando la otra persona se quiere desahogar, Seamos y dejemos ser. Quizás así mejoremos nuestro mundo.

El monje de las manos sudorosas

Esta historia la leí en el libro de Eckhart Tolle Una nueva Tierra (2006). Si leyeron la entada anterior, se darán cuenta que me gustó.

Kasan, monje y maestro Zen, debía oficiar durante el funeral de un noble famoso. Mientras esperaba a que llegara el gobernador de la provincia y otras personalidades notables, notó que le sudaban las palmas. Al día siguiente reunió a sus discípulos y les confió que todavía no estaba listo para ser un verdadero maestro. Explicó que todavía no se consideraba igual a los demás seres humanos, fueran ellos mendigos o reyes. Todavía no podía pasar por alto los papeles sociales y las identidades conceptuales y ver la igualdad de todos los seres humanos. Entonces se fue para convertirse en pupilo de otro maestro. Ocho años después regresó donde sus antiguos alumnos ya iluminado.

No hay mucho que agregar en esta historia,

Seremos mejores personas cuando podamos tratar con respeto a todos independientemente de los calificativos sociales. La humildad y la confianza en sí mismo, nos ayudará a ultrapasar las barreras autoimpuestas y exigidas por otros, para lograr una comunicación asertiva y vivir en armonía.

Deseo que no te suden las manos y que estés listo/a para los retos de la vida.

La identidad del Ego

Eckhart Tolle en su libro Una Nueva Tierra (2006) afirma:

“Una de las estructuras mentales básicas a través de la cual entra en existencia el ego es la identificación. El vocablo “identificación” viene del latín “ídem” que significa “igual” y “facere” que significa “hacer”. Así, cuando nos identificamos con algo, lo “hacemos igual”. ¿Igual a qué? Igual al yo. Dotamos a ese algo de un sentido de ser, de tal manera que se convierte en parte de nuestra “identidad”. En uno de los niveles más básicos de identificación están las cosas: el juguete se convierte después en el automóvil, la casa, la ropa, etcétera. Tratamos de hallarnos en las cosas pero nunca lo logramos del todo y terminamos perdiéndonos en ellas. Ese es el destino del ego”.

Cada uno de nosotros nos hemos identificado con más o menos cosas desde que somos pequeños, llegando a pensar que sin alguna de ellas, no somos nadie. o al menos perdemos valor. Y es que tristemente hemos caído en ese juego perverso de identificarnos con nuestras posesiones o con lo que nos gustaría tener, otorgándole un valor a nuestra vida cual producto en el mercado, incluyendo la competencia (honesta o no).

Encontrar nuestra propia esencia es una tarea difícil, porque hemos vivido y lo seguimos haciendo, bajo la imposición del Ego, quien nos hace sentir inferiores e inútiles ocultando, tapando y a veces enterrando, nuestro verdadero Ser, aquel que nos hace sentir amor y reconocer los talentos, la prosperidad y la armonía entre todos los que habitamos esta tierra.

Es así que el Ego conformado por pensamientos que no paran nunca, nos aleja de la comprensión verdadera del ser humano, creando conflictos, depresión, rabia y otros estados emocionales que forman parte del hecho de “ser humano” pero que nos hace infelices, inconformes y nos lleva a identificarnos con lo que tenemos o queremos tener. Aspiramos muchas veces a tener más cuando deberíamos ser mejores personas, pero ante todo, mejores con nosotros mismos: amorosos y compasivos.

Tolle luego manifiesta:

Claro está que en esta dimensión física en la cual habita nuestro ser superficial, las cosas son necesarias y son parte inevitable de la vida. Necesitamos vivienda, ropa, muebles, herramientas, transporte. Quizás haya también cosas que valoramos por su belleza o sus cualidades inherentes. Debemos honrar el mundo de las cosas en lugar de despreciarlo. Cada cosa tiene una cualidad de Ser, es una forma temporal originada dentro de la Vida Única informe fuente de todas las cosas, todos los cuerpos y todas las formas”.

Como vemos, el Ser no está aislado de lo material, sería una irresponsabilidad decir que no necesitamos nada para tener una vida confortable. Todos aspiramos a querer sentirnos plenos, pero dejar el valor de toda nuestra existencia al Ego, quien siempre se encarga de criticarnos, quien nos invade a cada rato para juzgarnos y juzgar a los demás, además de identificarnos con lo que existe en este mundo concreto, no está bien.

Usemos y apreciemos lo material en su justa medida y no nos apeguemos a ello, porque su pérdida no puede ser motivo para olvidar nuestra propia esencia.

Seamos más Ser y menos Ego.

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